Siete Buenas Resoluciones de Año Nuevo

Siete Buenas Resoluciones de Año Nuevo

Es muy común que en esta temporada del año muchas personas hagan resoluciones para comenzar el año. Mientras que muchos hacen resoluciones superficiales, como perder peso o ahorrar dinero (aunque no hay nada de malo en querer perder peso o en hacer planes financieros responsables que honren a Dios), quisiera ir más allá de estas cosas y concentrarme en algunas que tienen más peso espiritual. Podría hacer una lista larga, más he querido enfocarme solo en lista corta de resoluciones, pero que a su vez es lo suficientemente profunda y extensa para trabajar en ella una vida entera.

Desarrollar una relación más íntima con Dios.

Como cristianos, no tenemos una religión, sino una relación. A través de la obra completa y perfecta de Jesus, podemos disfrutar una relación íntima con Dios. Tenemos ahora entrada directa al trono de la gracia a donde podemos ir confiadamente en cualquier momento. (Hebreos 4:14–16)

Profundizar más en el conocimiento de la Palabra.

La Palabra es el instrumento que Dios utiliza en nuestra vida para ir formándonos a la imagen del Hijo. A través de ella recibimos el conocimiento necesario para ser salvos, santificados y para vivir una vida de obediencia a Dios. (2 Timoteo 3:16–17; Colosenses 3:16)

Amar más a Dios y mi prójimo.

La evidencia más clara que demuestra nuestra salvación es el amor que debe existir en nosotros por Dios y por el prójimo. El mandamiento más importante, en él se cumple toda la ley de Dios. (Mateo 22.37–40; Romanos 13.8–9)

Integrarme y deleitarme más en la vida de la iglesia.

La iglesia es importante para Jesus y también debe ser importante para nosotros. El dio su vida por ella y prometió edificarla. Así que nosotros debemos buscar integrarnos cada vez más en la vida de la iglesia. Dios no hace cristianos “solitarios”, Dios al que salva lo hace parte de la iglesia. El congregarnos y apoyar la iglesia no es una opción sino un mandato. (Mateo 16.18; Efesios 5.22–27)

Ser más sensitivo a mi pecado.

Posicionalmente hablando hemos sido librados del pecado, todos nuestros pecados han sido perdonados y la culpa ha sido quitada a través de la obra de Cristo. Mas, sin embargo, prácticamente tenemos una batalla constante en contra del pecado que todavía reside en este cuerpo de muerte. Una señal de un cristiano maduro es que es sensible a la presencia de este pecado, y busca batallar constantemente en contra de él. Para poder ir siendo santificados cada día más, necesitamos ser sensibles a nuestro pecado. El pecar debe ser algo que nos duele y nos cuesta hacer. (Romanos 6.1–2; Efesios 4.22–24)

Aprender a perdonar más rápido.

Una de las cosas más difíciles de hacer para el hombre es perdonar a sus transgresores. Nuestro orgullo se interpone a la hora de perdonar. Aun cuando nos piden perdón, tenemos la tendencia de acumular rencor y amargura en nuestro corazón. No debe ser así con los hijos de Dios. Debemos ser perdonadores, especialmente cuando consideramos todo lo que se nos perdonó a nosotros. El perdón debe ser proactivo, no reactivo; o sea que el perdón de halle en nuestros corazones aun antes de que nos pidan perdón. Sigamos el ejemplo de Jesus que cuando fue injuriado, no retribuyó, sino que pidió perdón por aquellos que lo crucificaban. (Lucas 23.34; Colosenses 3.13)

Vivir con la mente puesta en las cosas celestiales.

Este mundo es tan atractivo. Tenemos tentaciones por todos lados. Nuestras mentes fácilmente pueden perder de vista el blanco eterno que tenemos por delante. No permitamos que nuestra mente y corazón se distraigan de nuestra meta. Aprendamos cada día mas a vivir con una mente celestial, poniendo nuestra mira en Jesus y en las cosas de arriba. (Colosenses 3.1–2; 1 Juan 2.15–17)