Soli Deo Gloria

Soli Deo Gloria

Ya hemos puesto el fundamento, Sola Scriptura, y sobre el hemos puesto tres pilares, Sola Gratia, Sola Fide, Solus Christus. Ahora, encima de estos tres pilares quisiéramos poner el último principio que ha de guiar el ministerio de esta iglesia. Es por así decirlo el techo que cubre la estructura. Los reformadores lo llamaban Soli Deo Gloria, solo para la gloria de Dios.

Para los reformadores la Gloria de Dios no era algo con lo cual se podía jugar o negociar. Específicamente en el acto de la salvación, la gloria le pertenece completamente a Él.

RC Sproul escribe respecto a este principio:

Dios es glorificado en la salvación, porque ella exhibe Su incomparable condescendencia, su amor inagotable, y su poder ilimitado. Tal como dice Jonás 2:9: “La salvación es de Jehová”, y aquellos que Él salva han contribuido absolutamente nada a su salvación, excepto su necesidad, o sea su pecado lo cual hizo necesaria la salvación. La alabanza por la salvación pertenece solo y únicamente a Dios. Esta es la razón por lo que la teología de la Reforma fue tan insistente en el principio Soli Deo Gloria, y es por eso que nosotros tenemos que mantener ese principio con igual celo hoy.

La gloria siempre ha sido y siempre será de Dios. Tal como Pablo escribe en Romanos 11:36 – Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén. Nuestro propósito principal es el de glorificar a Dios.

Ahora, tengo que hacer un llamado a la auto-evaluación y una vez más hablar al tiempo en que vivimos. Mucho de lo que se le llama cristianismo hoy no es nada más y nada menos que una forma de auto-exaltación. El egocentrismo es algo demasiado predominante en la iglesia del día presente. Hay demasiado Yo en muchas iglesias y en las vidas de muchas personas; yo quiero, yo deseo, yo necesito, yo hago, yo alcanzo, yo trabajo, yo, yo y yo. El problema del hombre no es que el hombre tiene un vacío que necesita ser llenado, el problema del hombre es que está demasiado lleno de sí mismo y tiene que ser vaciado antes de ser llenado por Dios. No podemos decir que le estamos dando la gloria a Dios si nosotros somos el centro de atención. La realidad es que si nosotros somos los protagonistas de la obra, entonces estamos glorificando a Dios solo de labios pero no de corazón. Nuestra actitud debe ser la misma del salmista en el Salmo 115:1 – No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, Sino a tu nombre da gloria, Por tu misericordia, por tu verdad. Dejemos de concentrarnos tanto en nosotros y comencemos a concentrarnos más en la Gloria de Dios. Toda la gloria, toda la alabanza, toda la adoración, toda la honra, el honor, el dominio, el poder, el imperio, la majestad, le pertenecen solo a Él.

Por último, yo creo que hoy más que nunca necesitamos a un Dios grande… no es que El haya dejado de ser grande, sino que nosotros mismos disminuimos la grandeza de Dios cuando a través de nuestras acciones le robamos su Gloria. Disminuimos Su Gloria y Su Grandeza cuando dejamos de confiar en la suficiencia de Su Palabra y comenzamos a buscar otras fuentes de autoridad y revelación para nuestras vidas. Disminuimos Su Gloria y Su Grandeza cuando en vez de aceptar la realidad de que no hay nada que podamos hacer para ser salvos y de aceptar Su pura Gracia, empezamos a tratar de satisfacer a Dios a través de nuestras propias obras. Disminuimos Su Gloria y Su Grandeza cuando en vez de ver la fe como lo que realmente es, un regalo de Dios que viene a través de su Gracia para asegurar nuestra salvación, la comenzamos a ver como un instrumento para nuestra propia satisfacción y comenzamos a ver Dios como un genio que tiene que conceder nuestros deseos personales. Disminuimos Su Gloria y Su Grandeza cuando en vez de aceptar a Jesús como quien Él es, la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la creación, el Dueño y Señor de todas las cosas, y lo comenzamos a ver como simple medio para satisfacer nuestros propios caprichos. Disminuimos Su Gloria y Su Grandeza cuando nos hacemos a nosotros mismo el centro de los actos salvíficos de Dios, cuando en realidad el protagonista de toda esta obra es El.