¿Tienen Los Cristianos Que Arrebatarle Cosas Al Diablo?

¿Tienen Los Cristianos Que Arrebatarle Cosas Al Diablo?

La cantante Nancy Amancio ha hecho muy popular su canción “Arrebato”. En esta canción anti-bíblica ella dice que le ha de arrebatar una serie de cosas de las garras al diablo, cosas que supuestamente el diablo le robó. Debería ser obvio para un Cristiano bien instruido en la Palabra de que esta canción está teológicamente  errada. A parte de eso, es necesario notar que el objeto de la canción no es Dios sino el diablo. Nancy Amancio, ya sea por ignorancia o a propósito, le esta cantando al diablo. Ella no lo menciona por nombre pero es indudable que la canción esta dirigida a el. Es muy triste pero cierto que esta canción es un testimonio vivo de lo que muchos cristianos creen y practican hoy día.

Muchos Cristianos tienen la idea de ellos tienen que estar constantemente quitándole o arrebatándole cosas de las manos del diablo que le pertenecen a ellos; cosas que supuestamente deberían estar en las manos de ellos pero por alguna razón inexplicable están en las manos de Satanás. Como probaremos a continuación eso no es así. Para poder entender la razón por la cual este concepto de “arrebatarle cosas al diablo” está errado, tenemos que comenzar primeramente entendiendo cual es la posición de uno que es nueva criatura en Cristo Jesús; ya que es precisamente una falta de comprensión de quienes somos en Cristo lo que lleva a muchos Cristianos a caer en errores tales como este. Consideremos unos textos escritos por Pablo en su carta a los Colosenses.

Colosenses 1:12-14 dice:

12 con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; 13 el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, 14 en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.

Esta porción bíblica es muy clave e importante a la hora de entender quiénes somos en Cristo Jesús. Aquí el apóstol Pablo habla de cuatro cosas que Dios hizo por nosotros; y las mismas revelan cual es nuestra posición y nos enseñan porque es que no tenemos que estar arrebatándole nada al diablo de las manos.

Primeramente Pablo habla de que hemos sido hechos aptos. La palabra “aptos” también podría traducirse como “hacer suficiente”, “hacer capaz” o “cualificar”. Debido a nuestra condición de pecado, nosotros no llenábamos las cualificaciones y no éramos capaces de participar de la herencia que Dios tiene guardada para los santos en gloria. Mas Dios en su absoluta y soberana Gracia nos hizo aptos, o sea nos dio (a través de Jesús) las cualificaciones necesarias para ahora poder tener la esperanza de una herencia eterna y perfecta. Referente a esta herencia el apóstol Pedro nos dice (1 Pedro 1:4) que la misma es “herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible” y que la misma esta “reservada en los cielos” para nosotros. Cuando Nancy Amancio le dice al diablo que le “arrebata los tesoros de los cielos” está diciendo un falsedad, ya que los tesoros de los cielos están… bueno… en los Cielos.

Segundo, Pablo en Colosenses 1:13 dice que Dios “nos ha librado de la potestad de las tinieblas”. Cuando estábamos en nuestros delitos y pecados, muertos, y ciegos sin poder ver la luz de Cristo, estábamos bajo el poder del maligno; habitábamos en completa tiniebla en donde Satanás hacía con nosotros como él quería y estábamos “cautivos a la voluntad de él.” (2 Timoteo 2:2). No solamente estábamos bajo la potestad de las tinieblas, sino que nosotros mismos éramos tinieblas tal como dice Pablo en Efesios 5:8. Mas ahora en Cristo hemos sido librados de tal potestad. Dios rompió todas las cadenas que ataban nuestra alma y nos sacó del dominio del diablo. Podemos decir como dijo David: “Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos.” (Salmo 40:2)

Tercero, el Apóstol nos dice que también fuimos trasladados al reino de Jesús. Debido a que nosotros vivimos en una sociedad democrática, no tenemos el conocimiento o el entendimiento de lo que es vivir bajo el dominio de un rey. En los tiempos antiguos, los reyes tenían un poder absoluto sobre la vida de todos sus súbditos. Lo que el rey decía era ley y tenía que ser obedecido. A la misma vez, el rey tenía la responsabilidad y la obligación de proteger a su gente en contra de los ataques de los enemigos. Ahora, nosotros hemos sido trasladados al reino hermoso y glorioso de Jesús, el Rey Supremo. Jesús es nuestro Rey por lo que demanda obediencia y completa sumisión de nuestra parte, pero como Rey él es también nuestro protector y guardador. Jesús no es un Rey déspota como lo eran muchos de los reyes de la antigüedad. Él es un rey amoroso, misericordioso, y bondadoso; Él nos ama con un amor infinito.

Por último, Pablo dice que hemos sido redimidos (Colosenses 1:14) por la sangre de Jesús. William Hendriksen comenta: Así como en conformidad a la antigua ley de Israel, la vida que estaba condenada y destinada a la muerte podía ser liberada por un precio (Ex. 21:30), de la misma forma también nuestra vida, perdida a causa del pecado, fue rescatada por el derramamiento de la sangre de Cristo (Ef. 1:7)[1]. Tal como nota Hendriksen, el ser redimido conlleva el que se haya pagado un precio por nosotros. En la cruz y con Su sangre Cristo nos redimió, o sea nos compró, y ahora somos propiedad suya (1 Corintios 6:20).

Cuando consideramos todo esto podemos llegar a la conclusión de que nosotros no tenemos razón ninguna para estar arrebatándole cosas al diablo, ya que Dios nos hizo aptos para participar de una herencia reservada por el poder de Dios en el Cielo, nos libró de la potestad del maligno, nos trajo a morar en el reino de su Hijo Amado, y nos compró con la sangre de Su Hijo, haciéndonos propiedad suya no solo por virtud de creación sino también por virtud de redención. Es inconcebible entonces que uno que ha recibido todas estas bendiciones de parte de Dios, se la pase diciéndole al diablo que le arrebata esto o aquello. Todo lo que somos y todo lo que tenemos esta en Cristo Jesús, Él es nuestro todo.

¡Soli Deo Gloria!


[1] William Hendriksen, Comentario Al Nuevo Testamento: Colosenses y Filemón (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2007), 79–80.